
-¡¡ME VOY A DAR UN PASEO....A DAR UN PASEO!!
Nada. Entonces me quedaba un rato en el quicio de la puerta abierta y esperaba respuesta. Nada.
- ¡¡ME VOY A DAR UN PASEO POR LA PLAYA QUE HACE UNA NOCHE MUY BONITA Y TENGO EL ESTÓMAGO UN POCO PESADO!!
Nada.
Creo que estaba molesta porque yo no había tocado a la niña desde que nació con la excusa de que tenía miedo de que la cabeza se desencajara del resto del cuerpo y rodara por el suelo en solitario. Tampoco le hacía gracia que no consiguiera aprenderme su nombre ( Nerea , cualquiera se acuerda) ni que le diera pataditas disuasorias en las costillas cuando se acercaba gateando con su sonrisa bobalicona y sus sonidos guturales.
Marisa ya no me dejaba metérsela cuando me apetecía como antes así que los paseos nocturnos acababan siempre a los alrededores de la puerta de la casa de putas del parque del gas, que nunca me atrevía a franquear.
Pero un día se asomó una puta con una carita que era igual que la de la virgen de Covadonga pero con un cuerpo proporcional al tamaño de la cabeza o incluso quizás demasiado grande para esta, no como la figurilla de la Santina, que nunca me excitó especialmente por su aspecto de preadolescente misericordiosa. Inexplicablemente, padecí una erección sobrenatural y dolorosa. Las leyes que rigen la líbido de los hombres son inescrutables y misteriosas.
Le pedí a la puta que se hiciera la muerta mientras lo hacíamos y que procurara no respirar o respirar de manera que no se notara. Luego le dije que tenía una cabeza muy bonita y le di un beso en la frente antes de irme.
-¿Sabes qué?- le dije a mi Marisa.-en la parada del autobús había una mujer que tenía la cabeza como la Santina.
- ¿Y...?
- Y nada, le pedí que se hiciera la muerta.
Siempre me pasa igual: cuando tengo que mentirle a mi Marisa el cerebro se me pone como una uva pasa y no sé ni lo que me digo.
En la imagen, una historia del señor esquizo y Kince, la niña bonita.
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