Una puta cana. Por una puta cana me tuvo que joder el día. Yo estaba haciendo los dibujos del manual de seguridad laboral de la mina y ya estaba bastante cabreado por esa razón. Estaba harto de dibujar mineros haciendo cosas bien y haciendo cosas mal, además, la empresa que me hizo el encargo me había pedido que sus caras se parecieran a la del novio de la barbie, algo que iba en contra de mis principios y de mi ética profesional. El caso es que estaba rematando la ceja de una de esas estúpidas caras cuando apareció Sarita con la puta cana en la mano haciendo pucheritos falsos con la boca. Ponía vocecita de mimosa y me decía “mira, estoy vieja, me ha salido una cana”. Ahora se suponía que yo tenía que poner mi voz melosa y decirle “mi amor, si tú siempre tendrás cara de adolescente, con esa hoyuelos y esas pestañitas rizadas de niña”, luego unos mimos, ella seguiría un ratito con los pucheritos y yo no solo no perdería la paciencia sino que después a lo mejor follábamos sobre las caras de los mineros. Pero ya había jodido cuatro bocetos con las plumillas nuevas que no terminaban de coger el punto y estaba de muy mala hostia. “vaya, mientras no te salgan en el coño”, dije.Yo había tenido una experiencia desagradable a los 17 años con un coño canoso. Resulta que me vi obligado a follar con la madre de un amigo a la que cortaba el pelo a menudo en su casa. Siempre se ponía toda de puta para recibirme y si estaba en bata sacaba aquella patorra y me ponía como una moto. Además me rozaba la polla con el codo cuando me arrimaba para cortarle el pelo y finalmente un día me echo mano al culo cuando me di la vuelta para colocarle el difusor al secador de pelo. La señora no es que fuera nada del otro mundo, pero yo tenía esa edad y andaba siempre caliente. Andaba como un burro en el autobús, fuera del autobús, mientras desayunaba viendo a la guarra esa del aerobic, cuando a Miriam Díaz Aroca se le metían las mayas en el coño en sus programas infantiles, con las fotos del Hola de Carolina de Mónaco, con las fotos del Semana de Isabel Preisler; con los anuncios de cremas adelgazantes del Pronto, con los anuncios de productos de limpieza de la tele. Y en la academia de peluquería. Ahí si que mi polla palpitaba como si tuviera por ahí cerca de la ingle un corazón añadido exclusivamente para bombearle la sangre a ella. Pero vamos a dejar lo de la academia para otra ocasión.
El caso es que cuando me puse a comerle el coño me llevé un disgusto porque estaba llenito de canas y no olía como el de mi novia de 16 años sino como una bolsa de pescado podrido. Vale. Conseguí recomponerme después de sacar la cara de allí, pero la dejé tan insatisfecha que ya nunca volvió a llamarme. Quizás mi amago de arcada la había ofendido.
Pues tanto Sarita como yo sabíamos que ya había canas en su coño aunque no hubiéramos hablado de ello. Yo hacía menos excursiones con mi cara a su entrepierna y apagaba la luz a menudo para follar, así que cuando expresé abiertamente mi opinión sobre las canas en el coño dejó de hacer pucheritos falsos y se calló como un zorro y salió de la habitación sin decir ni mu. ¡Qué clase tenía mi Sarita! Mientras terminaba el dibujo de un minero empujando una caja como no debe hacerse, fui urdiendo un plan para deshacer el entuerto. Tenía que ser algo muy delicado. De la primera frase que saliera de mi boca dependía que Sara recuperara su autoestima o que me odiase durante meses. Así que , más tarde, en la cocina, mientras ella freía las croquetas y yo urgaba en la nevera , dije, así, como quien no quiere la cosa: “¿Pero los coños se tiñen sí o no?
No os voy a contar el final porque no es nada divertido pero os pongo un chiste que no tiene absolutamente nada que ver, para quitaros el mal sabor de boca. Son dos páginas. Picad en la imagen.