viernes, 28 de septiembre de 2012

POLICÍA ANTIMARIANO



Mi  Marisa me llevó engañado porque sabe que odio las multitudes iracundas y las pacíficas también. Joder, estábamos en el meollo. Podía adivinar lo que había comido el antidisturbios que me amenazaba con la porra, de lo  pegada que tenía su boca a mi jeta.
-A mí esto me gusta tan poco como a usted, señor, de hecho, si me deja una porra y un casco de esos me uno a su bando. ¿Cree usted que me estaría permitido meterle con la porra a ese viejo en las rodillas?- le dije amablemente, escupiendo  al hablar algunas partículas de mortadela del bocadillo que me estaba comiendo (mi Marisa siempre me regaña por mi manía de hablar con la boca llena)
El hombre no decía nada. Tampoco sé si me estaba escuchando. Tenía una mirada fija muy inquietante. Marisa estaba entretenida hablando a gritos con un joven de expresión misericordiosa  que de vez en cuando se arrodillaba y levantaba las manos en una especie de éxtasis místico. Quizás estaba viendo a la Virgen por ahí flotando encima de las cabezas de los antidisturbios.
-¿Y a este que está rezando?¿Podría meterle una patada en todos los dientes?- dije- Yo siempre quise  tener un trabajo como el suyo durante unas horas en una situación como esta para poder desquitarme de lo que sea que me ocurra en ese momento, quizás una crisis existencial ¿Sabe lo que es una crisis existencial? ¿No? Pero una crisis a secas sí que sabe lo que es, lo noto en su manera de agitar la porra delante de mis ojos con esa cadencia tan desasosegante. Es como si estuviera siempre a punto de dar el cachiporrazo pero siempre se arrepintiera a tiempo. La levanta una, dos y tres veces y la última la levanta más como para acojonar pero el acojonado es usted porque a lo mejor le estoy desconcertando con mis dudas y mis miserias ¿no es así? No se preocupe, hombre, que yo no me voy a mover de aquí ni voy a tirar piedras ni mover vallas. Yo he venido engañado por esta señorita que está a mi lado que dice que la sanidad pública patatín patatán y que la educación y toda esa mierda. Me dijo que íbamos a ver a sus primas que están estudiando aquí. Dos jamonas a las que el coño todavía no les huele a urea, ya me entiende-le guiñé un ojo- por la edad podrían ser sus hijas o mis nietas pero la verdad es que no lo son y la verdad es también que ni siquiera están esta semana aquí porque se han ido a hacer un curso de no sé qué hostias de los  huesos y la verdadera razón de que estemos aquí es que mi Marisa tenía ganas de escupirle en la cara a uno de esos hijos de puta de los cascos y las porras que si los ves en pelota compruebas que tienen los huevos pequeñinos y pegaos al culo como los gatitos.
El poli levantó la porra una, dos, tres veces. Se quedó un momento muy largo como hipnotizado con la porra en alto y los ojos como platos clavados en los míos. Le guiñé un ojo. Le tiré un beso, le hice un mohín mimosón con la boquita. Hizo como que algo le llamaba la atención varios metros más allá y se alejó haciendo ver que ponía orden.

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