
Era amiga de un amigo mío que de vez en cuando se emborrachaba conmigo. “no le digas ningún chiste de esos machistas que se te ocurren a veces, que es muy feminista y no los pilla” me advirtió antes de presentármela. Pero yo, como tengo el muñoncito este, digo lo que me da la gana y nadie se atreve a llamarme la atención, así que solté todo mi repertorio mas algunos improvisados sobre la marcha ( “lo que más me gusta de las feministas es imaginármelas meando”, por ejemplo). Cómo se reía la hija de puta, solo porque tengo el muñón. Fui más osado todavía:
“Te ríes por que soy deforme y no te quieres cabrear, pero que sepas que tengo una gran polla todopoderosa”, le dije.
“Ah jajaja, me encanta ese rollo Bukowski tan trasnochado”, dijo ella.
Le pregunté qué era un rollo Bukoswski y le dio un ataque de risa. Solo porque soy tullido. Me explicó lo del escritor y entonces le pregunté que qué era “trasnochado” y ahí si que se meaba de risa, la muy subnormal. Unos meses más tarde saqué de la biblioteca un libro de Bukowski pero, como soy asturiano, no entendía que le ocurría a ese tipo con la bebida y los oscuros tugurios; en mi pueblo está todo el mundo medio borracho a partir de cierta hora y no nos ponemos tan tontos.
Así que nos hicimos medio novios, Cristina y yo, hasta que (esto seguro que os sorprenderá) me harté de sus tormentos de artista, sus monólogos insoportables sobre cómo se sentía por dentro. ¡Y qué asco me daba cuando ponía cara de estar haciendo algo importante mientras pintaba su mierda de cuadros abstractos!. Me harté también de su cuerpo, casi antes que del montón de mierda profunda que tenía en el cerebro. Y eso que estaba buena, así, menudita y espiritual. Como no me atrevía a decirle que quería volver a mi casa con mi madre, lo que hice fue ir sembrando el caos entre sus amistades, emborrachándome y explicándoles las porquerías que hacíamos Cristina y yo en la intimidad, riéndome de sus cuadros de mierda y sus paranoias de artista y entrándole a su hermana, que era más fea que su puta madre, o a su madre, que era más fea que su puta madre. El caso es que como soy tullido nada de esto funcionaba; me lo perdonaban todo. Así que tuve que soportar esa situación durante un año y medio, follándomela cuando me daba la gana sin preguntar, escuchando sus discursitos bochornosos sobre arte y sin pagar alquiler ni comida, hasta que un golpe de buena suerte, en forma de conductor borracho, acabó con su vida.
Pobrecita, tan menudita ella, estará ahora rodeada de angelitos sin sexo (¿tullidos?) con sus arpas y sus flautas traveseras.
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