miércoles, 26 de septiembre de 2012

MARIANO Y EL SUEÑO CREPUSCULAR



-Ay, Marisa, qué triste, esta noche tuve un sueño crepuscular en el que yo era ya anciano y me masturbaba lánguidamente en el balcón de la solana de la casa de mi abuela, observando cómo las sábanas se mecían melancólicas en el balcón. Las hojas secas flotaban en el aire y coreografiaban una triste melodía que todavía resuena en mi cabeza y el  rebuzno de un burro solitario desde lo profundo del bosque  parecía recordarme tiempos mejores que ahora amarillean en viejas fotos arrugadas.
-¿Y te masturbabas lánguidamente?
-Sí, Marisa, de manera inconsolable.
-¿Te masturbabas de manera inconsolable?
-Marisa, por el amor de Dios, estoy empezando a pensar que eres incapaz de sentir empatía.
-Perdona, cielo, pero no consigo entender cómo ese panorama otoñal te hizo sacarte la burra y empezar a pelártela y cómo puede una persona masturbarse lánguidamente o de manera inconsolable.
-Pero Marisa,  en ese momento comenzó una lluvia arrulladora que componía una grata sinfonía de canalones desbordados, repiqueteo en los cristales, y gotas deslizándose sobre las hojas desmayadas que caían  cadenciosamente sobre el barro.
-Eso es muy bonito, Mariano, supongo que te guardarías la polla.
-No, Marisa, ¿por qué habría de hacerlo? Era un anciano y ya nada me importaba, Marisa. A veces pienso que no tienes corazón ni sensibilidad.
-Sigo un poco desconcertada ante tu insistencia en meneártela en ese contexto cargado de emociones y añoranzas.
-Ay, Marisa, podía sentir el aroma de la piedra húmeda y los viejos aperos de labranza posaban envueltos en telarañas, esperando ser rescatados del olvido.
-Y te masturbabas lánguidamente.
Marisa salió de casa sin decir nada más. Se había dado por vencida.
En realidad me había callado algunos detalles de mi sueño. Debajo del viejo colchón de lana había encontrado unas revistas de putas que escondía de chaval y era asombroso el montón de pelo que tenían aquellas mujeres. Había una gorda que tenía una mata de vello púbico que le llegaba hasta el ombligo y el culo lleno de granos y varices en las piernas (no había photoshop). La rubia de las tetazas tenía una melena en el sobaco que serviría para hacerle una peluca a un señor de cabeza no muy grande. También había una de dientes amarillentos y una sola ceja que sonreía muy estúpidamente con toda la cara llena de esperma y un pegote colgándole de la oreja a modo de pendiente. De algún modo que no puedo explicar y a pesar de que en el sueño era un anciano octogenario, se me había puesto la polla como un calabacín y me la había sacudido hasta que me desperté con el glande enrojecido e irritado como una morcilla recocida.
No sé qué demonio malvado me hizo omitir las revistas de putas e incluir la paja en el relato. No sé qué demonio malo me hizo inventarme todas esas cosas sobre el otoño, la melancolía, los rebuznos, las hojas y la lluvia triste. Solo sé que, mientras llenaba la cafetera de agua, un rato después, pude ver mi sonrisa bobalicona reflejada en el grifo.

1 comentario:

Kenit Folio dijo...

Lánguidamente (AÚN), no lo probado.
BUEN DIBUJO.
Un saludo.