miércoles, 19 de junio de 2013
sábado, 15 de junio de 2013
sábado, 1 de junio de 2013
Tu hija es puta
Aunque no le guardo rencor a mi ex, tampoco
tengo especial interés en que su vida transcurra plácidamente y sin
contratiempos ni que esta de un giro espectacular y una felicidad adolescente
se adueñe de ella y su nueva pareja. Tampoco es mi deseo que viaje y viva
intensamente ni que su familia siga viva por mucho tiempo o que su casa del
pueblo en la que retoza con el subnormal que la acompaña no se incendie algún
día con ellos dentro. ¿La niña? Bah, nunca ha demostrado demasiado cariño hacia
los hombres de la familia y probablemente tenerla por casa con su mierda de
música y sus barbies (o lo que sea que hagan las niñas de 15 años) sería
bastante irritante. Ya he disfrutado de ella cuando no sabía hablar y era como
tener una mascota, y no me apetece una mierda tener que hacer como que la
considero una adulta. No hay cosa que más me joda que esa costumbre que tiene
de contarme cómo se siente por dentro y cómo me echa de menos y toda esa mierda
que hace, imitando a los personajes de sus series preferidas o quizás a los
retrasados mentales que salen en los reality show. Modula la voz de una forma
muy desagradable cuando se pone mimosa, intentando expresar una mezcla de
melosidad pastosa con profundos sentimientos a flor de piel. Es asqueroso. Para
un fin de semana que nos vemos de cada dos, podía aprovecharlo mejor, la mierda
de la niña. Lo que es por mí se podía haber quedado en los 5 años de edad
durante toda su vida, aunque supongo que, cuando llevara 60 o70 años así,
parecería una niña muy extraña y con muy mal carácter. La mayoría de las madres
no se dan cuenta de este detalle cuando dicen de sus bebes “Ay….si se quedara
siempre así”.
El caso es que precisamente andaba yo en estas elucubraciones u otras similares, dando un paseo por la senda del litoral, cuando escuché una vocecilla adolescente que venía de la playa, unos metros más abajo. Alguien entonaba una cancioncilla tonta. Eran las 7 de la mañana. Asomé la cabeza porque saber lo que hacen los demás cuando creen que yo no les estoy mirando es uno de los motores que impulsa mi vida y me sirve para componer mi particular teoría de la existencia. Era una jovencita que estaba agachada meando. La verdad es que aquello parecía un surtidor y sonaba como una vaca orinando. La chica cantaba. Casi me estaba poniendo cachondo. Cuando paró de mear se quedó ahí en cuclillas balanceándose levemente hacia los lados, canturreando. Concluí que estaba borracha. Me saqué la polla y comencé a meneármela. Se veía bien la zona exacta en que empieza ese valle marrón y oscuro que nos lleva al ano. De pronto se apartó el pelo de la cara y mi corazón dio un vuelco. ¡Mi niña pequeña estaba meando borracha en plena calle, como una perra! ¡Y tenía tetas y culo! ¡Y una valle marrón que lleva al ano! Después de superar la nausea inicial y guardarme la polla, le saqué unas fotos con el móvil mientras pensaba en qué tipo de educación estaba recibiendo y qué era lo que habíamos hecho mal. Me fui de allí, sigiloso como una serpiente y unas horas más tarde le envié la foto a mi ex con el siguiente mensaje de texto:
“Tu hija se comporta como una puta y voy a pedir su custodia. Mira la foto”
La respuesta no se hizo esperar.
“ Papá, tengo 21 años, meo donde me da la gana y me has enviado la foto a mí”
La hostia. Cómo pasa el tiempo y qué depistado soy.
jueves, 30 de mayo de 2013
El hombre que padecía del corazón
Iba paseando por la Avenida de la Constitución y un tipo me
adelantó corriendo de una forma un tanto anquilosada y la idea de no ver cómo era su cara se me hizo insoportable hasta el punto de ponerme a correr
tras él. A veces voy tras un culo femenino para conocer la cara de la chica que
lo regenta y a veces le cojo tanto cariño al culo mientras lo persigo que detengo
mi persecución por temor a que su rostro sea una decepción. Pero este caso era
diferente porque el tipo que me había adelantado llevaba traje y una corbata
que ondeaba dejándome ver sus topos amarillos a ratos. Y los brazos mantenían
un ángulo recto perfecto con vértice en el codo y elevaba las rodillas
desmesuradamente a cada paso. Pero cómo corría el cabrón. Y yo detrás. Se paró
en un semáforo y se puso a dar saltitos para no enfriar durante la espera.
Examiné su perfil por el rabillo del ojo y comprobé que los ojos no se salían
de las cuencas ni moqueaba ni su lengua asomaba estúpidamente ni un hilo de
saliva se deslizaba por su barbilla. Parecía normal. El semáforo se puso en
verde y salió disparado nuevamente y yo detrás porque la expresión de su rostro
no me había dado ningún dato interesante y ahora quería saber por qué corría o
al menos a dónde iba. Torció repentinamente a la izquierda y cuando hice lo
mismo no vi a nadie. Se había desvanecido. Entré en el bar COJAISA, que estaba
en esa misma calle. Un bar con ese nombre solo podía estar regentado por tres
socios o por una pareja cuya hija se llamaba Isabel y los clientes serían los
amigos de los dueños y poco más. Habría pan con rodajas de salami de pincho y
bocadillitos de jamón y queso. El tipo que corría era el único cliente y el
señor Co… o Ja… estaba detrás de la barra limpiándose las manos con un trapo.
Mi corredor jadeaba todavía. Me apoyé en la barra jadeando también.
—¿Me pone una ración de chipirones y un vino de la casa? —dijo
el corredor del traje.
Y se sentó en una mesa a leer el periódico.
Pedí una cerveza de manzana.
—¿Una cerveza de manzana? —dijo ahora, levantando la cabeza
del periódico—¡¡Que no lo llamen cerveza, cojones!!
—Tiene usted razón, amigo, me tomaré un Ramón Bilbao —(quise
congratularme con él para entrar en conversación)
—Buena elección. Yo no me lo puedo permitir y me tengo que
beber la basura de la casa que vende mi cuñado.
Bien, el señor que corría era cuñado del dueño del bar, que
emitió una risilla cavernosa al ser mentado.
—Perdone, no he podido evitar verle a usted correr por la
calle como alma que lleva el diablo justo antes de que se parara en este bar...
—No lo creo
—Sí, hombre, corría usted como un demonio. Tiene la camisa
empapada.
—Yo no puedo correr, amigo, padezco del corazón.
lunes, 27 de mayo de 2013
EMPRENDEDOR
Me dicen por ahí que tengo que poner un negocio. Me cago en
la puta, llevo toda la vida atando la mula donde manda el amo y yendo de putas
cada tres meses para quitar lo gordo y mi hijo se comporta como si lo hubieran
criado un urogallo y un ornitorrinco y lo hubieran maltratado en la infancia. Mi
mujer trabajaba tanto y tan mal pagado que aquella voz atronadora se ha quedado
en un hilo agonizante y ahora que no trabaja me está llenando la casa de gatos
callejeros a los que llama con nombres de tertulianos de programas del corazón.
Cada vez que se me cruza el “Matamoros” con su andar cansino de gato viejo me
apetece reventarle la cabeza de una patada. Y a la siamesa “Patiño” no os voy a
explicar lo que me apetece hacerle porque igual estáis comiendo. El chaval le
mete patadas a la puerta cuando estoy cagando y se comporta en general como si
yo hubiera estigmatizado su destino con mi mediocridad. No sé qué es
estigmatizar pero me lo dice a menudo. El estigma. Tiene la marca de la bestia
en el cuero cabelludo, me echa en cara, pero no la de la bestia diabólica que es el
666 y por lo menos le hubiera servido para algo; él siempre dice que tiene la
de la bestia de carga porque ha heredado una mancha pequeña en forma de
herradura de color ferruño que ya empieza a asomar porque se ve que el chaval
va a ser calvo como su padre.
En el bar me dice un tipo de mi quinta, que siempre me llevó
delantera en ingenio e ímpetu emprendedor, que no debería ser tan pusilánime y
que por lo menos beba vino de corcho y
no esa mierda que me meto al coleto como si fuera a acabarse el mundo. Yo le digo
que si su hija sigue saliendo con el subnormal aquel que anda enseñando los
calzoncillos con esos pantalones que parecen albergar medio kilo de mierda. Que
emprenda él, su futuro yerno o quien sea, si les sale de los cojones, porque yo
ya soy un esclavo institucionalizado y llevo dentro una rata sumisa enquistada
que ya nunca saldrá de ahí. Sí, señores, cada vez que se me ocurre algo
susceptible de cambiar mi vida a mejor, la voz mezquina de la rata me dice “¡¡dónde
irás, tú, animal, si viniste al mundo con una azada en vez de con un pan bajo
el brazo!!”
Mi mujer, la pichona, que la llamo, anda medio trastornada
ya y se trae a los gatos pero no mira para ellos, se pasea por la casa con una
bata raída y unas zapatillas de garra de oso (¡¡con lo coqueta que era y la
energía que gastaba!!) y debe hacer dos años que no la oigo reírse si no es
cuando cuentan alguna desgracia en la tele, “otros seis al hoyo y que no se
pare la fiesta que sobramos muchos”, dice, con una risa demente y alarmante. Se
pasa las horas muertas en el balcón de casa y a veces escupe al vacío.
Vivimos en un noveno piso y el otro
día me apeteció agarrar sus tobillos mientras asomaba medio cuerpo por el
balcón dejando caer lentamente un hilo de saliva y tirar de ellos hacia arriba
haciéndola caer al vacío.
Y lo hice. Luego saqué medio cuerpo y miré. La sangre
parecía dibujar alguna forma en el asfalto. Primero parecía la silueta del pato
Donald pero finalmente parecía más una especie de jirafa, pero con una oreja de
más. Me quise tirar yo también (esa era la idea), pero me apeteció bajar al bar
y tomarme un vino de los caros. Uno de corcho. Al pasar al lado del cadáver de
mi esposa preferí no mirar. Di un saltito para sortear la sangre. En el bar
estaba el listillo de los consejos. Pedí un rioja crianza y alzando la copa con
el dedito meñique escayolado dije, a viva voz:
—Creo que voy poner un negocio de congelados.
miércoles, 15 de mayo de 2013
AFORTUNADO
—Ay Marisa, qué risa, acabo de ver al vecino del quinto en
la cola de la cocina económica.
Mi Marisa dejó el libro y se quitó las gafas y me miró.
Pasaron unos segundos o unas horas.
—¿Qué? —dije
—Me has avergonzado muchas veces por idiota, pero nunca pensé
que lo hicieras por mezquino.
Y cogió, se levantó, se puso las botas y se fue sin decir
más.
Tanta tontería por el vecino del quinto cuando los dos
estuvimos siempre de acuerdo en que era un pedante y un gilipollas. Trabajaba
de albañil y se comportaba como si fuera el dueño de una cadena de restaurantes
de cocina fina desperdigados por toda España y parte del extranjero. Recuerdo
que hace unos cuantos años nos tomamos tres vinos en el bar de abajo porque
invitaba él y va y me dice: “¿Por qué no buscas algo de trabajo en la
construcción? Ahora cualquier inútil sirve para peón de albañil. Hasta mi
sobrino ha dejado la carrera a la mitad para ponerse a trabajar”. Luego cogió
el móvil y dijo tres veces en 6 minutos: “…yo solo quería trasladarte mis dudas al respecto…”. ¿Os lo podéis creer? Es como
cuando yo encuentro una palabra rara en el diccionario y la meto con calzador
en todas las ocasiones que puedo, solo que yo lo hago para irritar a Marisa y
él lo hacía para presumir. Yo digo, por ejemplo, que siento una tristeza acuciante. Luego digo que vaya manera acuciante de llover o que al que acucia dios le ayuda. Pues este tipo del
que os hablo igual, mientras hablaba conmigo y con el chigrero alzaba la voz
como si en realidad lo hiciera para todos los presentes y que me maten si no
dijo cuatro veces extrapolar en una
parrafada sobre sus vacaciones en el Caribe y que me maten si no había pedido
un préstamo para tomarse esas vacaciones porque la vida es muy corta y no te la
vas a pasar en chándal y zapatillas (y compartió media sonrisa con el chigrero,
mientras los dos me miraban de reojo a mí, a mi chándal y a mis zapatillas). Se
había comprado una segunda casa en la costa y decía que el tipo del banco y él
eran uña y carne y le había engrosado el préstamo para que se comprara también
un coche.
Pero mi Marisa se había enfadado por alguna razón que
desconozco y pensé que a lo mejor el pobre era un tipo de origen humilde que
fanfarroneaba y decía “extrapolar” y “trasladarte mis dudas” porque andaba bajo
de autoestima y no se merecía caer en el pozo oscuro de la pobreza, así que la
siguiente vez que me encontré con él (esta vez hurgaba en un contenedor) le
invité a un vino en el bar de debajo de casa y le dije que no hacía ni media
hora me había encontrado a su amigo el del banco pidiendo limosna en chándal y
zapatillas en la calle, y aproveché para gritar, a viva voz, dirigiéndome
también al chigrero y a todo aquel que me quisiera escuchar:
—¡¡ME CONSIDERO AFORTUNADO PORQUE A MÍ NADIE ME COMPADECERÁ NUNCA
AUNQUE ME VEAN HURGAR EN UN CONTENEDOR O HACER COLA EN LA COCINA ECONÓMICA!!
Mi chándal relucía de orgullo y me dio la impresión de que
mis zapatillas se elevaban del suelo conmigo dentro, por encima de las cabezas
de los parroquianos, por encima de las cabezas de hidalgos albañiles y usureros.
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