miércoles, 19 de noviembre de 2014

Orgullosas de sus cosas

La primera está orgullosa de su culo y la segunda de su regla y, por razones diferentes, ambas respetables, se exponen.



Orgullosa de su culo


Orgullosa de su regla


viernes, 14 de noviembre de 2014

La gitana que pudo reinar.



Entró una gitana joven en correos y chilló:
—¡¡¿Quién es el último?!!
—Hay que coger número allí —le dijo alguien.
—¡Ya, pero ¿quién es el último?!
 
—Mira, ahí está lo de coger los números.
—¡¡Yo ya tengo el número 19, que me tengo que ir y pa dárselo a alguien que tenga el último!
—Pero si ahora van por el 17 y tu le das al que tiene el 33 tu número todo el mundo se dará cuenta de que se está colando porque ahora todo el mundo está pendiente de ti y de tu número.
—¡¡Y UNA PUTA MIERDA. PORQUE SOY GITANA NADIE QUIERE MI NÚMERO!! Y lo tiró al suelo y se fue.  
La chica que estaba intentado explicarle algo de lógica o de comprensión abstracta a la gitana era como una profesora joven, guapa y sencilla de la que se enamoran los alumnos. Recogió el número y preguntó:  
—¡¡¿Quien tiene el 20 y quiere el 19?!!  
Se escucharon risas susurradas y nerviosas. La chica empezó a descojonarse. No podía parar. Envié lo mío y ahí se quedó la paya llorando de risa acompañada por dos o tres contagiados. Yo empecé a reírme después de comprar el jamón y las doradas, de subir las escaleras de casa y de echarme un vino. El jamón está de puta madre pero casi me atraganto de la risa.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Miedo y asco en el Happy bus



Resulta que hoy no me apetecía ir sentado en el autobús porque quería hacer un poco de ejercicio de mantenimiento aprovechando las curvas y los frenazos. Pues se levantaron tres a la vez y dos eran ancianos. Rechacé el ofrecimiento y me puse en el descansillo. Dos manos se levantaron desde atrás queriendo cederme el sitio. Rechacé, nuevamente, dando las gracias. Entró una anciana y todo el autobús se movilizó para cederle el sitio. Todo el mundo quería que se sentase en su sitio. Entró una chica con muletas y todos se organizaron rápidamente para que pudiera pasar hasta el sitio que alguien le cedía. Un chaval con pinta de poligonero dirigía el tráfico y ordenaba un poco para que se hiciera un pasillo para la chica de las muletas. Un frenazo me hizo perder el equilibrio y cuatro manos se apresuraron a sujetarme. Me sentía inquieto. Sonreían. La anciana del vestido morado charlaba animadamente con un yonki desdentado, que le dio unos consejos sobre alimentación sana y prevención de diabetes.
—Muchos diabéticos no saben que lo  son y muchos no saben que lo serán, pero todo es cuestión de voluntad —decía el yonki—. Yo me meto de todo por la vena pero nunca me verá usted comer bollería industrial ni carnes rojas.
A través del retrovisor se podía ver la sonrisa feliz del conductor. Me entró miedo y me bajé dos paradas antes. Caminé unos metros y adelanté al autobús en el semáforo. Un montón de cabezas sonrientes me miraban desde el interior.
Algunos adultos aupaban a los niños para que me vieran y sonrieran también.
Una gotita de sudor frío se deslizo desde mi sien hasta la barbilla.