lunes, 19 de noviembre de 2012

GATO MUERTO, GAVIOTA MALA




No me lo podía creer, el primer día de trabajo a los dos días de cumplir 17 añitos y una gaviota embiste a una paloma y la despedaza. Delante de mí, lo hizo. Me quedé hipnotizado viendo a aquel animal al que tenía idealizado por culpa de una lectura desafortunada. Juan Salvador Gaviota me había hecho creer que las gaviotas tenían un no sé qué espiritual o que podían tenerlo y resulta que eran unas hijas de puta. Desde que cayó ese libro en mis manos creía ver a Juan  Salvador en ciertas gaviotas cuyos vuelos se diferenciasen de alguna manera de los de las demás o cuyos plumajes fueran especialmente blancos. Incluso creía distinguir el brillo de la sabiduría en los ojos de algunas de ellas.  Me puse pálido y en vez de enfilar al almacén de maíz que había en el muelle en el que iba a desperdiciar un precioso  verano adolescente, me metí en un bar a tomar un par de copas de orujo. La gaviota se estaba comiendo a la paloma y  yo iba a comenzar el mes de Julio con mi primer trabajo asalariado. 

La segunda copa de orujo me puso parlanchín y me apeteció hacer partícipe de mis sentimientos a la señora o señorita de la barra. Tenía una edad fronteriza entre la plenitud y la madurez y por su aspecto podía ser tan puta como santa así que cualquier cosa que le dijera sería un salto al vacío de consecuencias imprevisibles.

­—Ay, señorita, voy a desperdiciar uno de esos veranos que ya nunca se repetirán.  Justo ahora que estoy en la edad en que cada mañana estreno el mundo, me obligan a trabajar en un almacén de maíz diez horas al día ¡¡FÍJESE, UN ALMACÉN DE MAÍZ  CON 17 AÑOS!!
            La señora o señorita resultó no ser muy expresiva y lanzó una mirada huidiza a mi codo izquierdo antes de darse la vuelta para coger una botella de no sé qué y servirse algo que se bebió de un trago sin dejar de darme la espalda.

—Y fíjese, señorita- me envalentoné después de la tercera copa de orujo-, aquella gaviota se ha abalanzado sobre una palomita y se la está comiendo, el día en que mi adolescencia toca a su fin. Las puestas de sol serán grises a partir de ahora y los colores de las  flores pálidos o sucios. Ayer ni siquiera me hubiera atrevido a dirigirle a usted la palabra y ahora solo me apetece hundir mi cara entre sus piernas.

La señora o señorita no decía nada. Se notaba que ya había visto muchas gaviotas zamparse palomas.
—Fíjate en aquella otra, la del tejado de la casita naranja- dijo entonces
Era otra gaviota que llevaba algo en el pico. Salí a la calle y me acerqué dos pasos. Era un condón usado.
­—Si mañana traes uno de esos te dejo que me la metas- me dijo cuando entré de nuevo, todavía más revuelto que antes
Qué hija de puta. Ella formaba parte de un plan macabro, junto con el trabajo, las gaviotas y la paloma  para acabar ese día con mi adolescencia. Apuré el vaso y me fui dejando a aquella puta riéndose como una puta.
           
El capataz me miró con cara de capataz gordo y despiadado y me dio una barra de dos metros. Mi trabajo consistía en pasarme la mañana encima de aquellas toneladas de maíz y clavar la barra hueca en él, colar dentro un termómetro atado a una cuerdecita y esperar 10 minutos para tomarle la temperatura. El maíz era enfriado por una máquina que introducía aire en él a través de unas tuberías de aluminio y yo tenía que apuntar las temperaturas de 40 puntos diferentes a 1 y 2 metros de profundidad, todo ello en la soledad de aquel desierto de uralita y cereal. El caso es que, mientras esperaba los diez minutos en cada toma, me arrodillaba en el maíz y las piernas se hundían en él y  se enfriaban y, cuando más se enfriaban mis piernas, más gorda se me ponía la polla. Me hice dos o tres pajas sobre el grano, pensando en la puta del bar. Fueron unas pajas muy febriles porque en mis fantasías de coño peludo algo canoso se colaba a veces la gaviota devorando palomas.

Me fui a comer más cansado de masturbarme que de tomar temperaturas y por el camino, en medio del asfalto, justo donde antes había una gaviota devorando a una paloma, había medio gato atropellado y plumas desperdigadas. Era un gato negro con pinta de bonachón a pesar de las vísceras expuestas y el ojo fuera de la cuenca. Le toqué la nuca. Todavía estaba caliente, el pobrecito. En el bar, pegada a la cristalera, estaba la puta sonriendo.

Durante el resto del verano pude ver cómo el cadáver del gato se pudría y se secaba y la señora o señorita o puta o lo que fuese casi siempre estaba allí mirándome con aquella sonrisa inquietante y yo siempre intentaba que las piezas del rompecabezas (gaviota, paloma, condón usado, gato muerto y puta rara) encajasen de alguna manera y adquiriesen significado en forma de revelación mística, pero con los años comprobé que las piezas no estaban allí para encajar en ningún rompecabezas vital y que nuevas piezas cada vez más extravagantes irían añadiendo desconcierto al camino tonto de la vida y las señales serían cada vez más difíciles de interpretar, hasta el punto de que, algunos años después, cuando me pareció ver una manita muerta e infantil asomando de un contendor, preferí obviarla y pensar que si era un  mensaje no era para mí.

4 comentarios:

Manín de Lluces dijo...

Sigues igual que siempre Javi. No ha cambiado tu humor aunque pasen los años . Fue muy simpática, sarcástica, y..., la historia. Un saludo

javiguerrero dijo...

Manin ye un seudónimo?¿conocémonos de hay años?

Manín de Lluces dijo...

Yes, a todo. Te dejo dirección de mi blog, para que lo veas y comentes.

http://manindelluces.blogspot.com.es/

Anónimo dijo...

grande!