martes, 3 de abril de 2012

EL SIMIO GIGANTE QUE ARROJÓ LOS BLOQUES AL MUELLE


Sé que algunos os preguntáis a menudo cómo es posible que una mujer emocionalmente estable y sofisticada como Marisa haya podido fijarse en un tipo estrafalario y desequilibrado como yo y la verdad es que eso es algo que yo también me pregunto frecuentemente pero jamás se me ha ocurrido preguntárselo a ella por si acaso se lo pregunta. La verdad es que yo no siempre fui así y además de pelo tenía, cuando era un preadolescente enamoradizo, unos ojos soñadores y un corazón melancólico. Sí, como habéis oído. Yo fui joven y tuve un corazón galopante que se emocionaba. Marisa debió notar ese fuego interior cuya llamaba se aviva a veces y aflora a través de mis ojos de cincuentón estupefacto. Nunca se lo he dicho a nadie pero la verdad es que con doce o trece años frecuentaba el muelle y me gustaba pasar las horas muertas sentado encima de aquellos bloques rompeolas que se acumulaban caprichosamente como arrojados al azar por la mano gigantesca de un enorme simio de inteligencia sobrenatural (¿cómo, si no, habían llegado hasta allí? ¿arrastrados por la corriente?). Me sentaba en uno de aquellos bloques y me preguntaba por qué el simio, ya que era tan listo, no los había colocado de forma organizada aprovechando para hacer con ellos algún tipo de construcción coherente, como,  por ejemplo, varias torres de 90 o 200 bloques dispuestos verticalmente, alzándose orgullosas y desafiando tormentas y marejadas. "Ay, ¿por qué no lo habrá hecho, ese simio holgazán?", pensaba, dejando que mi mirada se perdiera en el horizonte. Y la melancolía y la nostalgia de lo que pudo ser se apoderaba de mi alma, sensible y quebradiza como un gorrioncillo que se ha desplomado a causa del calor sofocante de un día de verano y  agoniza palpitante acechado por las hormigas.
Pero a veces me sentaba en uno de aquellos bloques y no pensaba en nada especial. Miraba las gaviotas mecerse en las corrientes de aire y pensaba: "Hay que ver, hay que ver, como vuelan esas gaviotas, meciéndose en el aire". Y así transcurrían las horas y de vez en cuando pasaba una gaviota y pensaba otra vez: "Hay que ver, hay que ver, como vuelan esas gaviotas, meciéndose en el aire". O las olas iban y venían y me mojaban  los pies al romper y pensaba " Hay que ver, las olas, como vienen y van y rompen y me mojan los pies". Y este pensamiento se adueñaba de mi mente en un bucle infinito hasta que advertía la presencia de un zurullo que flotaba, juguetón, entre las olas y pensaba en el zurullo solitario navegando a la intemperie y en lo a gustito que debió estar en los intestinos de alguien y me decía: "Ay, ese zurullo que se mece solitario, hay que ver".
A mi primera novia la llevé a esos bloques, que fueron testigos de cómo se me rompía el corazón por primera vez. Cuando le expliqué el asunto del simio holgazán y me lamenté con mis ojos soñadores clavados en sus ojos azules y dije "Ay, ese simio holgazán, hay que ver", no me dejó explicarle lo de las gaviotas, las olas y los zurullos y se fue corriendo como si se hubiera sentido amenazada. Me quedé allí solo,  pensando : " Ay, esa chica, como corre..."
Así que el otro día quise compartir mis sentimientos con Marisa y explicarle todo esto como os lo acabo de explicar a vosotros y después de tomarme 15 o 20 vinos para envalentonarme hice que se sentara en el sofá, le cogí las manos y le dije:  
- Marisa, hay algo que nunca te he contado sobre mi adolescencia y que ahora quiero compartir contigo.
- Ay, Mariano, qué mal te sienta siempre el vino, como me vuelvas a contar la mierda esa del simio gigante que arrojó los bloques al muelle, duermes en el sofá.
No recordaba habérselo contado nunca. Lo juro.

3 comentarios:

Kenit Folio dijo...

Genial relato, Javi.
Aquella de los ojos azules, mejor hubiera sido el silencio.
Hay estados del alma sólo comprensibles para uno mismo, imposible explicárselos a los demás.

Hombre Malo dijo...

La mente de Mariano parece un intrincado laberinto de emociones y zurullos peludos. Yo creo que éso lo que encandiló a Marisa.

javiguerrero dijo...

Sí Kenit, siempre les sienta mal que les hables de simios gigantes en la primera cita.
La mente de Mariano es como los tentáculos de un pulpo hiperactivo, hombre malo