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lunes, 28 de noviembre de 2011

LA FELICIDAD DE MARIANO

¿Conocen ustedes esa sensación de felicidad irracional que te pilla de sorpresa un día cualquiera por la mañana y te hace abrir la ventana que da al patio de luces y dar un alarido seguido de unas risas infrahumanas, solo por el placer de comprobar cómo es la resonancia en tu propio patio de luces?¿No? Bien, mejor así porque los vecinos llamarón a la policía cuando  solo llevaba media hora practicando las resonancias a pesar de que ya eran las 8 de la mañana pasadas. La gente es que no sabe vivir. Le expliqué al señor agente que estaba comprobando la resonancia en el patio de luces para un estudio de importancia vital  y que esa mañana era inexplicablemente feliz; le miré a los ojos con una mirada franca y le deseé  que él también lo fuera durante todos los días de su vida.
-No les guardo rencor a mis vecinos y puede decirles que estén tranquilos porque tengo la motosierra estropeada, pero que me apena profundamente que no sepan disfrutar de las cosas pequeñas que la vida pone a nuestro alcance-, le dije al señor agente.
- ¿No está su tutor en casa, o quien se ocupe de usted habitualmente?
Ante mi respuesta negativa meneó la cabeza y  cogió y se fue, recomendándome antes que dejara de chillar por la ventana y que tomara mi medicación o llamara a alguien. Me asomé al patio de luces otra vez y vi tres o cuatro cabezas cobardes que desaparecían en los huecos de las ventanas. Pensé que el mundo era más ancho que mi patio de luces y decidí salir a la calle a compartir mi felicidad con la humanidad; a poner mi granito de arena en la montaña de los buenos sentimientos que algunas personas de buena voluntad nos empeñamos en levantar en medio del árido desierto del odio y la indiferencia. Me subí al primer autobús que pasó, cargado de buenos deseos y ansioso de ayudar al desvalido, que siempre será más productivo que chillarle al patio de luces. En el asiento de al lado pude ver por el rabillo del ojo a una niña fea como una mochila cargada de mortadela, y, aunque no me atrevía a mirarla abiertamente porque temía que ella notara repulsión en mi mirada, no pude evitar dejarle caer unas palabras de ánimo, con mi vista concentrada en la nuca del calvo que estaba sentado delante de mí:
- Hija, no sé quién eres ni cómo te llamas pero sé que todos los días cuando te levantas  te miras al espejo y  te preguntas si alguien querrá metértela algún día y la repuesta es sí. Crecerás y te harás una mujer y siempre habrá algún tarado que quiera metértela hasta la garganta, no lo dudes.
Después de un rato sin recibir respuesta caí en la cuenta de que realmente se trataba de una mochila y no de una niña, aunque no podría asegurar que estuviera llena de mortadela.