jueves, 19 de septiembre de 2013

UNA GRAN ZAPATILLA


Primero fui a cortarme el pelo y luego a por unas zapatillas. Le pedí unas cerradas de cuadros de las de toda la vida pero de mi número solo las tenían lisas. Me quedé mirándolas. Las alcé a la altura de mis ojos y luego examiné las suelas. La señora me miraba con unos ojos muy grandes detrás de unas gafas muy grandes. Seguí analizando y valorando los pros y los contras de aquellas zapatillas que no tenían cuadros. El tiempo pasaba muy despacio. Cogí la otra y metí la mano dentro y la moví en el aire haciendo que bailara, como si las necesitara para volar. La puse en el mostrador, me rasqué la cabeza. Volví a examinar la suela.

—Es una gran zapatilla —dijo la señora.

Intenté contener la risa pero no pude y eclosioné una carcajada y un salivazo fue a parar a la gafa derecha de la señora.

—Perdón, me las llevo —dije

La idea era no llevármelas porque yo quería unas de cuadros, pero después de escupirle a la cara no me atreví a irme sin hacer compra (lo cual no quiere decir que comprar algo os de derecho a escupirle al tendero, que no se os olvide).

martes, 27 de agosto de 2013

Hay que llegar




Cuando trabajaba en Tineo en el IMI (ingresos mínimos de inserción), había un encargado, Choli o algo así, creo que se llamaba, que tenía la mirada fría y malvada y el aspecto de un capataz inevitable en las Américas salvajes. Un día me ordenó que cortara una rama que cruzaba por el camino a una altura de unos 4 metros y al parecer era susceptible de tropezar con alguna maquinaria que iba a pasar por allí. Miré la rama desde mi pequeñez y luego lo miré a él. “Eso está hecho, jefe”, le dije. Se alejó y me fui al bar y me metí un par de vinos al coleto y uno de aquellos chorizos que colgaban detrás de la barra. Cuando salí me encontré al capataz inevitable mirando pensativo a la rama como si en ella se encontrara el misterio de la santísima trinidad. “No has cortado la rama”, dijo. “No llego” le dije. “Pues hay que llegar”. Nos quedamos unos segundos mirando a la rama e incluso estuve por admitir  que el capataz inevitable tenía razón y había que llegar pero hice solamente el gesto de ponerme de puntillas e intentar alcanzar la rama inalcanzable estirándome como si quisiera alcanzar la luna. Me miró como si tuviera un calamar por cabeza y se alejó. Volví al bar y, sin que yo hubiera abierto la boca, el chigrero me puso un vino y dijo:

—Está empeñado en cortar esa rama, el pobre, pero no se atreve porque sabe que el árbol es mío y le rompo la cabeza.

Leticia desorientada


sábado, 24 de agosto de 2013

BOTELLÓN EN GIJÓN.


Por lo que sabemos, hay una prohibición expresa contra el botellón en zona urbana desde junio de este año pero en el momento de la entrada en vigencia de la nueva ley "no se vio asomar a ninguna patrulla policial. Ni siquiera para divulgar la normativa, como aseguraron desde el Ayuntamiento que harían en estos primeros días de «ley seca» en las calles." (la Nueva España, Junio de 2013) O sea, que sin haber puesto en marcha el plan A y saber si funciona, ponen en marcha el plan B.
 Los turistas que se acerquen a las policialmente acordonadas escaleras de la Plaza de Arturo Arias (El Lavaderu, Xixón) para evitar botellones e insalubridad, imaginarán a los gijoneses como una horda de borrachos cagadores y a los gobernantes de nuestra ciudad como unos tarados con un coeficiente negativo en inteligencia creativa. Multamos o castigamos a los espacios afectados en vez de a los infractores para que nuestros policías puedan seguir comiendo donuts. Creo que en el parque Isabel la Católica se hacen botellones: arrasémoslo con napalm.

martes, 13 de agosto de 2013

El testimonio estremecedor de Marisa Verdasco.


A mí nunca me han atracado en la calle y siempre pensé que si algún día ocurría me desmayaría como un pajarito, pero parece que tengo unos ovarios como gramófonos porque veréis lo que me pasó esta tarde. Yo ya iba a sacar las llaves del portal cuando vi una sombra proyectada en la puerta. Estuve un rato largo hurgando en el bolso y las llaves no aparecían así que me extrañó que la persona que proyectaba su sombra detrás de mí, si era un habitante del edificio, no sacara las suyas para abreviar y entonces me volví par disculparme por mi torpeza.
—No las encuentro —dije.
—Dame el bolso —dijo.
Era un tipo con aspecto tontorrón y una navaja insegura en su mano derecha que parecía más preparada para cortar pan y queso que para apuñalar.
—¿El bolso? —dije—. ¿Para qué quieres un bolso de mujer?
—A mí no me gusta hacer esto pero mis hijos tienen que comer mañana y estoy en paro.
—Vamos a hacer una cosa —yo todavía estaba buscando en el bolso—. Mira, aquí tengo un monedero con una cantidad indefinida y aquí cuarenta euros. Elige.
—¿Cómo que elija?
—Sí, tienes que escoger entre el monedero que puede contener doscientos euros o quizás diez o  elegir en cambio estos cuarenta que son seguros.
—…—pobrecito mío, estaba confundido y no decía nada
—O puedes entrar conmigo en el portal y comerme el coño y te llevas el monederito y los cuarenta euros.
Le entró miedo al pobrecito. Se metió la navaja en el bolso y se fue casi corriendo. Antes de doblar la esquina se volvió a gritar:
—¡¡PUTA!!
Le temblaban las piernas.
Marisa Verdasco

viernes, 9 de agosto de 2013

VIEJO MINERO TOCAPELOTAS

Había un viejo minero jubilado que siempre entraba y salía de la peluquería hablando de sus enfermedades. Siempre de enfermedades. Cuando tuve que cerrar unas semanas por mi obstrucción intestinal pensé que esta vez le cerraría la boca un rato explicándole cómo me colocaron los intestinos en el pecho y todas las porquerías. No me dejó ni empezar a hablar y me lo explicó todo sobre sus deposiciones negruzcas.
—Me hicieron un tacto rectal —dijo, orgulloso
—Bueno, si tuviste la suerte de que te lo hiciera una doctora de dedos finos. Suelen pararse a hurgar unos segundos.
Se puso colorado como un centollo
—A mi esas mierdas no me van. A una mujer hay que darle y hay que darle bien y hay que darle por donde hay que darle.
—Me he perdido — dije.
Se hizo un silencio muy tenso.
“Dudurududum”. Me puse a tararear una vieja canción de lo Coasters, para aligerar el ambiente. Luego puse en Spotify una de Village People aunque supuse que no entendería el guiño. Cuando le rasuré el pelo del cuello, viendo que empalmaba con el de la espalda, le dije que si seguíamos para abajo iba a terminar teniendo que bajarse los pantalones.
Se fue para no volver. Me puse una lista de reproducción de viejas canciones yodel.
Oulirouliouu.